Veníamos caminando por debajo de un puente, en el cual, lleno de espectaculares y anuncios, colgaba la cara de un hombre -casi anciano- con una barba muy larga y extraña. De alguna manera, me recordó a mi abuelo, al que nunca visitaba, pero que, en su tiempo, fue una gran fuente de inspiración en todos los sentidos para mí. Se trataba de un anuncio, sobre la enfermedad del Alzheimer; creo que fuí el único de los cuatro presentes, que llegó a sentir algo con esa imagen. Pensé por un momento, en lo que se diera el caso, de que mi abuelo sufriera de ésa enfermedad, y seguí dándole vueltas al pensamiento, por toda la tarde, hasta que, me detuve, prendí un cigarro y empecé fríamente a considerar las consecuencias de que algo así pasara. Volteé alrededor, mis otros tres amigos, sufrían aún de la fiesta de la noche anterior, hablar con ellos, hubiera sido inútil y humillante. No lo hice, y sólo me dejé llevar por la cruda y el cansancio, que a todos nos atormentaba. Nos limitamos a sólo caminar, buscar un lugar donde se sirvieran desayunos de un valor nutritivo dudoso y barato, en pocas palabras, queríamos en nuestras secas bocas que apestaban a cerveza y mota, un huevo estrellado que pudiera, comerse con popote, acompañado de frijoles negros acompañados de totopos repletos de sal, por arriba del plato. Uno de nostros pediría eso, mientras que los demás ordenarían, tacos cebosos, verdura lavada en aguas negras, carne de cerdo, que al tocarla, desbordara pequeños hilitos de grasa amarilla por un lado. Siempre y cuando no faltara el agua de sabor en un vaso de litro para terminar con el desayuno digno de una investigación sanitaria. Y es que, como dicen algunos, comes como te sientes.
No fuimos capaces de entrar a un lugar de esa calaña, y optamos por llegar a un lugar que por el triple del precio, te dan una cantidad que jamás se compararía con la mierda que teníamos pensado comer. Nos trataron con sobreestima, y nos molestamos, ese lugar ya se había ganado, para empezar, que le orinemos el lavamanos. Una señorita, con una sonrisa, demasiada falsa, nos sentó en esas mesas esquineras, que parecen sacadas de programas norteamericanos de los cincuenta. A fin de cuentas, terminamos, cada uno, frente a frente, sufriendo de una resaca y experimentando un sentimiento de sentirnos juzgados el uno por el otro. Me encontraba absorto en el pensamiento del anciano, cuando:
-¿Dónde puedo miar, cabrón? -Me preguntó uno de mis amigos, Vicente, el más distraído de todos.
-No sé, preguntale al muchacho que ésta parado en la puerta -le contesté, sin voltear a verlo.
-¿Y si me quiere hacer algo? -me preguntó de una manera, completamente convencido de que se podría encontrar en una situación parecida a la que me acababa de plantear.
No le respondí, y sólo vi como se levantó de una manera extraña y con un cojeo que no le había notado antes, empezó a abrir puertas para encontrar un baño.
Recordé que mi abuelo, un día empezó a cojear, nadie sabía por qué, y a todos los que le preguntaban, les decía que estaba cogido, y se empezaba a reír. Pasaron muchos años después de eso, para que yo entendiera el significado de ese comentario. Y cuando lo entendí, no pudé más que reírme también.
-¿Qué vas a pedir? -Me preguntó otro de mis amigos, que tenía la vista ensartada en el menú, levantó un poco la mirada y con los ojos rojos sobresaliendo de su cara, agarró aire y comenzó a romper el hielo entre los cuatro.
-Voy a pedir, esa pinche hamburguesa, supongo que es la menos falsa de las demás, se ve barata y grande, pero sé, que nada es como parece, sólo que quiero pedir esa hamburguesa en particular, porque, viene acompañada de esas suculentas papas fritas, que siempre que las como, quiero comer más, entonces, ese es el único inconveniente, no cuento con mucho dinero, para seguir comiendo más aquí las papas, si compro ésa, comeré las papas y querré más, encontrándome en una situación, un poco incómoda, dónde tendría que pedirles dinero prestado a ustedes, lo cual me lleva a pensar, que sí no les pagó en el transcurso del día, empezarán como cualquier otra persona, a cobrarse de otra forma, el dinero que les debo, y ya que, siendo yo el único precavido, de los cuatro, que robó anoche tres cajetillas de cigarros, en el supermercado, y terminaré de una mala gana, pagándoles con cigarros, termino exactamente en lo que no quiero, pues, como gastaré el dinero en un desayuno, que desecharé en unas horas, -fumando un cigarro- me encontraré de nuevo con hambre y sin dinero. Y los cigarros, son lo único que ayudan a pasar los ratos así. ¡Maldito establecimiento de mierda!
Terminó su discurso paranoide, obviamente, bajo la influencia de -no sé que cosa-, y se levantó listo para ordenar, muchos bollos y refresco rellenable, creo que al final, se decidió por causarse un tapón artificial de comida chatarra para poder terminar el día sin pasar por más hambre.
-Regálame un cigarro, ¿No? -Le preguntó Omar de una manera insolente, y lanzó una carcajada que salpicó de saliva a todos nosotros, ofreciéndonos un aroma a bebida mezclada con vómito, sin duda alguna del día anterior. Cállate de una vez, pinche Ulises, siempre con tus cosas raras, el dinero va y viene, los cigarros también. Déjate de mamadas y ponte a comer bien, porque al rato iremos a ensayar para ir con mayor confianza al show de hoy. Quiero tocar ahora sí, el cover que siempre hemos intentado sacar y nunca podemos hacerlo por estupideces.
Había en nuestras mesas cercanas, dos familias, que comenzaron a murmurar cosas en el momento que Omar empezó a hablar y a gritar en algunas oraciones, no temí que nos corrieran del lugar, porque algo dentro de mí, si quería irse. Además, extrañaba un poco, -al estar allí-, el lugar donde iba de niño y que sin alguna razón en particular, dejé de hacerlo. Recordé, que como otros niños -supongo- se enamoraron por primera vez, en una lugar de comida chatarra.
-¿Qué piensas, Tomás? -Me preguntó Vicente, que ya había regresado del baño, pero yo no lo había notado.
-Que me enamoré por primera vez en un establecimiento de comida rápida. -Le contesté, con un tono de decepción que todos pudieron notar, pero que, no son capaces de entender. -Ella era rubia y un poco llenita, la vi por primera vez en la alberca, ésa de bolas llenas de colores, tenía en su entonces seis años, y la ví, no me acuerdo de la razón por la cual no le hablé, pero, cada vez que iba, me la topaba en diferentes áreas de los juegos, llegó un momento en el que me sorprendió como era que siempre estaba allí, sola, sin nadie con quien jugar. Nunca me acerqué, pero la veía a lo lejos desde mi mesa. Un día dejé de ir, y jamás la volví a ver. Supongo que ahora es una gorda con hipertensión.
Al terminar de decirlo, noté que ninguno me estaba poniendo atención, no me molestó, pues, yo siempre lo hago con ellos también.
Mientras todos comían, me pregunté, si las amistades entre hombres, siempre habían sido así. Tan poco solidarias, carentes de apoyo moral, no es que, yo esperara una respuesta más cálida por su parte, pero sí, que al menos me escucharan. Un día mi abuelo, me contó que cuando él era joven, vivía lejos de su casa, en una mina, en las afueras de su ciudad; cada día que terminaban de hacer su trabajo, en vez de irse a sus casa, se quedaba en un cuarto cerca de la mina, me dijo que era metálico y que parecía estar hecho de aluminio y que cinco de sus amigos y él fueron los que vivieron ahí por un tiempo. Era un cuarto pequeño y todos al final, acababan juntos, chocando los brazos y piernas cuando se movían. Me contó también, que uno de ellos, se levantaba al estar medio entrada la noche, y que agarraba una maleta que mantenía enterrada en un rincón, sacaba algo de ahí rapidámente y lo volvía a meter de nuevo. Cuando, un día mi abuelo no hizo caso omiso de esa escena, se paró y detuvo al joven que nunca fallaba en su acto misterioso. Le preguntó qué era lo que hacía, y que por qué, salía con otro cambio de ropa, el cual nadie puede ver, a causa de las luces apagadas. Él le contestó, que se debe a que es pobre y que le da pena pedir ayuda, por lo que tiene que recurrir a otro tipo de ingresos. -¿Eres ratero? -le preguntó mi abuelo, echándo un paso para atrás. -No, no lo soy, jamás lo sería – Le contestó el muchacho que empezaba a ponerse nervioso e impaciente. -Entonces, dime, que haces, tal vez yo pueda ayudarte -Le dijo mi abuelo, acortando la distancia que tomo al principio de la charla. -Me da pena decirlo, pero siempre he pensado que todos saben lo que hago, no pensé que nadie se diera cuenta, pero todo el espectáculo que armo antes de irme, lo hago para meterme más en el personaje. -Lo dijo, con una voz, ya más firme y serena y terminó la oración con, “soy un luchador, uno muy bueno, soy de los primeros enmascarados de la ciudad, primo de los Viesca, famosa familia de luchadores de la región. Me apodan el Enmascarado Charro, por mi afición a los caballos y la música norteña. Por eso escondo el sombrero, para que no me lo vayan a chingar. Me pagan cincuenta pesos, todas las noches, y si tengo suerte, también termino en casa de alguna mujer quedada, sedienta de sudor y sexo.”
Como quiero que en éstos momentos, alguno de mis amigos, abra la boca y cuente algun secreto como ése. Nadie lo hizo.
Terminamos de comer y seguimos caminando, directos al motel donde nos quedamos, que los de la ciudad nos habían pagado para que durmiéramos antes de tocar. Ulises prendió un cigarro, y dijo que tenía mucho sueño y asco, también dijó que la ciudad de Saltillo jamás le había gustado, le confirmamos que no estabamos en Saltillo y el se limitó a sacar el humo por sus fosas nasales, y decir “ya sabía” con una sonrisa inquietante. No aguantamos los pies, la cruda, el mal olor de todos, y los comentarios extraños que Ulises hacía, por lo que nos dividimos el gasto de un taxi para llegar con mayor rapidez. -Hoy vamos a Monterrey, nos espera el show más fuerte y demandante de nuestra banda. -Dijo Omar, convencido en decirnos que no nos dejáramos abatir por el malestar físico del momento. Continuo diciendo que debíamos de llegar temprano para viajar en camión y ensayar en el momento en el que nos bajaramos del camión.
A veces pienso que Omar, es el motor de la banda, siempre es el que levanta ánimos, nos dice las verdades y también es el que consigue las mejores fiestas después de tocar. Nos conocimos cuando patinábamos en un plaza, y siempre quisimos, hacer una banda punk. Palabra que por el momento, desconozco todo significado. Nos empezamos a juntar con diferentes personas; y si, cada quien logró hacer su banda, pero nadie tuvo éxito como el que habíamos logrado juntos en el grupo que nosotros formamos. Todo comenzó, por mero aburrimiento, cruzábamos algunas palabras en los shows, y notamos que teníamos un poco de afinidad en muchos aspectos. Como por ejemplo, nos gustaba más o menos lo mismo en relación a música, películas y libros. Pero fue, particularmente la literatura la que nos unió; leíamos con mucha frecuencia a Nietszche, no sé si llegamos a entenderlo, pero nos gustaban mucho sus palabras. De ahí continuamos con Herman Hesse, y hablamos de la importancia del Lobo Estepario, entre casi toda nuestra generación. Nos gusta mucho la música, pero nunca me he preguntado si Omar, quiere vivir de ella, y lo pienso por que, cuando empezamos nuestras primeras bandas, sólo queríamos divertirnos, teníamos quince o dieciséis años y dependíamos de otras personas; a los dieciocho, empezamos la banda, con una pasión más fuerte, pero sólo era éso, pasión pura por la música, hacerla sin pedir nada a cambio, no importaba donde tocáramos, no nos poníamos a pensar mucho las cosas. Ahora tenemos veintiuno, y creo que debemos empezar a lanzarnos preguntas más seguido sobre ese tipo de problemas. Pero nunca nadie ha empezado a querer hablar de ello.
-¿Qué hicimos ayer? -preguntó Ulises, cabezeando en el interior del taxi.
Nadie contestó, y el taxista empezó a voltear por el retrovisor, queriendo adivinar con su posiblemente cabeza pervertida, que era lo que habíamos hecho en realidad.
-Ya digan, no les de pena, en éste taxi pasa de todo muchachos jotos, estoy aburrido, ayer me puse bien pedo, y me estoy quedando dormido, así que o me cuentan algo o nos estrellamos a la chingada en un árbol.
Nos quedamos callados un momento y Omar preguntó: ¿Qué quiere saber, Don?
-¿De dónde vienen o qué? -preguntó con una actitud de compromiso un poco marcada. Se ven muy chavos y muy locos, además huelen extraño. No sé cual, pero uno de ustedes huele un poco a mala vida.
Todos nos reímos, y empezamos a terminar con el silencio que habíamos compartido desde el amanecer.
-Venimos de Coahuila, tocamos en una banda de -por así llamarla-, de rock, -contestó Vicente, con aires de orgullo. Como diciendo, “somos estrellas de rock, pinche taxista metiche.”
-Ah orale, pero se ven un poco fresas, ¿Cómo consiguen tocar así? Deberían de ser más parecidos a los Botellita de Jeréz, tatuados y perforados, esos si son rockeros. Los vi partiendo madres en Avándaro una vez, que mamada de concierto se rifaron.
-¡A huevo los hoyos funky! -gritó Ulises, abriendo los ojos rápidamente y agitando fuertemente los brazos.
Los demás volvimos al silencio de antes, sólo por el hecho de pensar en lo que nos había dicho el taxista. Omar, comenzó a decir de una manera despectiva, que estaba confundiendo un poco las cosas que nosotros hacíamos. Le comentó acerca del contexto que nuestra banda manejaba, que nos enfocabamos más en un contenido filosófico, que no hablabamos de amor y cosas vacías.
-A no seas mamón, pinche morro pendejo -Contestó el taxista un poco indignado, y empezó con un diáologo de cómo la juventud ahora es más impertinente.
Todo el camino después de ese comentario, se convirtió en un rato muy largo de tedio e incomódidad. Cuando llegamos al motel donde nos habíamos hospedado el taxista nos dijo:
-Y para ésto, ¿Cómo se llaman? -Nos preguntó, un poco arrepentido por su comentario de padre enojón, de seguro, recordó por un momento sus tiempos en Avándaro y recapacitó.
-Cabeza de Lobo -Contestó Omar, y cerró la puerta con un gesto más de cansancio que de que victoria.
-¿Por qué Cabeza de Lobo? -volvió a inquirir el taxista, eso suena muy fumado. Ustedes ni se han de saber limpiar la cola y empezó a reírse de nuevo.
-Por un libro de Herman Hesse -contestó Ulises, muy orgulloso de su sabiduría.
El taxista, interrumpió su risa de pronto, y se quedó muy serio al volante.
-Qué extraño -se dijo a sí mismo, no sabía que Germán Valdés, había escrito un libro.
Llegamos directo a la cama a descansar un poco, y pensé que hubiera sido mejor no gastar dinero en habitación, ni estuvimos allí, sólo había colillas de cigarros, regados en el piso, o afuera del cenicero. Omar, parecía que hacía algo a su tarola de la batería, mientras Ulises, buscaba comida que se haya quedado sin ser consumida por alguien más y a su lado estaba Vicente, acostado, más dormido que despierto, pero me perturbó un poco que tuviera la mano dentro de sus pantalones.
-¿Por qué estabas cojeando? -le pregunté a Vicente. Lo hice para interrumpir el trance en el que estaba envuelto, estoy muy seguro que estuvo a punto de cojer la bolsa de papas fritas que dejé en el cajón, y sólo lo podrá hacer con una mano. Esa mano; la que no sabemos por dónde se habrá deslizado en el transcurso de toda la noche, y mi temor era que no quedara dentro de aquella bolsa de frituras, que las había estado guardando. Por eso hice la pregunta, sino, hubiera esperado a que él sólo me dijera que le pasó.
-Sepa, cuando me desperté, ahí donde nos quedamos, pues me paré para ir a soltar el chorro, y apenas me levanté y me fui de hocico al piso, caí arriba de Ulises y de una mujer misteriosa que estaba acostada a su lado, pero nadie reaccionó, ya cuando llegué al baño, estaba tan mal, que se me olvido checarme, y hasta el momento no lo he hecho. -Me respondió, a punto a de tomar la bolsa de papas fritas que tanto quería.
-No seas pendejo, ve a checarte, en éste momento, no podemos lidiar con un enfermo a estas alturas. Y pásame la bolsa de papas.
-Vámonos ya, tenemos que llegar temprano, para no perder el camión. -Nos habló Omar, noté un poco de entusiasmo y cansancio en la voz.
Bajamos a checar la salida en la entrada del hotel, le dijimos al encargado que nos hiciera un descuento, ya que, ni estuvimos mucho tiempo dentro del cuarto. Nos dijo, que eso era imposible.
-Maldito burgués. -Susurró Ulises a Vicente, haciéndole una señal, como las que se ven en el béisbol, pero, en el de Estados Unidos, no el de México. No supé, pero me hice una idea de lo que éso pudiése significar.
-Bueno, pero, olvidé algo en el cuarto, señor, ¿podría prestarme por un minuto de nuevo las llaves? -Preguntó al recepcionista, con un tono como de monaguillo castigado.
-Claro, no veo el problema de hacerlo. Grave error.
Vicente regresó con una expresión de malicia, y a la vez, con una mirada que nos apresuraba. Todos captamos sus intenciones y nos fuimos lentamente, preguntándonos que habría sido lo que hizo al cuarto y que además lo hizo apresurarnos para salir rápidamente.
Imaginé mientras nos dirigíamos a la central, cargando nuestras cosas. Lo que pienso que de seguro si fue capaz de hacer: fue orinar en algun lugar, donde ninguna persona civilizada de éste siglo lo haría, después y si es que tenía ganas de hacerlo, defecó, en algun cajón, también pudo haber dejado las llaves del baño abiertas provocando una inundación, ó si no traía ganas de hacer tanto vandalismo, pues, lo que llega a mi cabeza fue que orinó y escupió, el interior de todo el cuarto.
Por un momento pensé: quien soy yo para andar pensando en ese tipo de cosas. Sería capaz de hacerlas yo mismo, si se me da la oportunidad, o simplemente se me antoja hacerlo, pues, creo que nunca lo sabría, o no en ese momento.
Subimos al camión, con el único pensamiento de dormir todo lo posible. Al llegar, nos estarían esperando en Monterrey, y nos llevarían a casa de Topo, la persona que se ofreció en prestarnos su departamento. Las reglas del vandalismo cambian, estando en casa de una persona. Todos sabíamos eso.
Estábamos sentados, dos y dos, Ulises y Omar en los asientos delante de Vicente y de mí. Todos teníamos la perfecta visión de la televisión, pero no pensábamos ver la película que pondrían. Y de repente comenzó a oírse una voz gastada y ronca, hablando sin parar. No tardamos en darnos cuenta que se trataba de nuevo Ulises, con sus pensamientos extraños.
-Yo creo que todo viajero, elige inconscientemente, el asiento cercano a las pantallas, ya que, al saber que otras personas si prefieren ver la película, te le adelantas y tomas ése lugar, brindándote a ti mismo, un sentimiento de poder sobre aquel individuo. Todos somos unos cerdos capitalistas por dentro, lo sé.
Me estaba quedando dormido, cuando sentí que alguien me diría algo y volteé para detener a Vicente para que no me molestará, pero apenas coloqué la vista hacía su lado, y vi que era Ulises el que ya estaba ocupando su lugar, nunca me di cuenta del cambio de lugares que habían hecho.
-¿Y qué, si le hiciste el amor a la Nancy? -Me preguntó, con un cigarro apagado en la boca.
Me quedé un momento en silencio, y recordé a Nancy, la conocí la noche anterior, antes de tocar, estuvimos un tiempo platicando y vi que estaba parada en la primera fila ante el escenario, se me cayó la púa de la guitarra y ella la recogió, la tuvo unos segundos en su mano y me la entregó para no interrumpir la canción. Pensé en seguida: muy hermosa, pero muy peligrosa a la vez.
-¿Entonces, si o no? -Me volvió a preguntar ahora con un poco más de desesperación.
-No -Le contesté, y vi como su cara se transformo en una expresión de desagrado, me miraba de arriba a abajo, como si no me reconociera.
-¿Por qué no? Que pinche joto eres Tomás.
-Mira cabrón, no me juzguez sin antes saber, ella no es una muchacha normal, es muy cariñosa y tiene buenísimo cuerpo, pero, simplemente, es muy peligrosa, ya sé que no la voy a hacer mi novia, ni la seguiré viendo, pero, hubo algo en la noche que no quisé compartir con ella, ni un beso ni nada, pinche vieja punk, con el pasar de las horas la vi tomando otra personalidad diferente, y al final no sé si quería que la besara intensamente o sí la amarrara y le pellizcara los pezones mientras la quemaba con cera caliente de una vela prendida.
-Pero, por ella fuimos a aquella fiesta hedionda, para que tu te la pudieras cojer, imbécil, si te la hubieras echado a la bolsa, hubieras sido el orgullo de la banda por mucho tiempo, ¿qué fue lo que te hecho para atrás sobre ella? Mejor ni me digas, no quiero saber -Volteó Vicente recargado sobre el respaldo de un asiento, mientras se paraba para irse a otro, posiblemente, él sabe que paso, y está en una situación en la que si yo, le empezará a contestar sus preguntas, sabría que él mismo hubiera tomado la misma decisión, y claro, esta en todo su derecho de reprocharle al que fue el culpable de no hacerlo, para convencerse a sí mismo, de que no hubiera hecho lo mismo que yo.
Ahora sí, tenía un par de horas de sueño, las necesitaba. Apenas regresé del baño, y me acosté sobre los dos asientos y como si no hubiera dormido en años, cerré los ojos y ya estaba soñando.
Soñé con algo que me había dicho mi abuelo, y comencé a extrañarlo más. No sé cuanto tiempo estuve dormido, pero abrí los ojos, exactamente, en un punto, donde, podía apreciar todo el esplendor del desierto. Vacío y sucio. Pensé en por qué, los desiertos son así. No supe contestarme. Por lo que volví al pensamiento que me acompañó mientras dormía, que había sido algo que me contó mi abuelo cuando yo ya estaba un poco más grande, como a los diez años o algo así.
Afuera de su casa, tenía dos mecedoras, una a lado de la otra, y un pequeño jardín, con flores artificiales, ya que, nadie podía cuidar unas reales. Llegué de la escuela un día, con intención de pasar un rato con él, y lo encontré sentado en la mecedora, un poco pensativo. Me senté a su lado, y cuando teníamos como quince minutos de preguntarnos recíprocamente por nuestras familias, empezó a platicar otra de sus anécdotas.
-Un tiempo, yo trabajé en un rancho, en Zacatecas, tenía mas o menos, unos veinti algo años, y era como cualquier joven de aquellos entonces, libre como un pájaro, pero pobre como una roca. Así que o me ponía a trabajar o me ponía a robar. Como nunca fui bueno en eso de las maldades, pues, acepté trabajar y lo hice en el rancho que tenía una tía mía. La señora era una perra, eso sí, pero nunca fallaba con mis pagos, nunca me trataron como su sobrino, pero, la verdad no me importaba, no quería encajar en su grupito, ni en el de mis primos, que jamás cruzaron palabra conmigo. Mi trabajo consistía en el de limpiar y darle de comer a los cerdos, limpiar con arado el campo, quitar las raíces de las malas hierbas, quemar la basura, limpiar unos establos que tenían; pintar, resanar, arreglar, jugar fútbol con los mismos trabajadores del rancho, y a veces me ponían también a cuidar unas quince ovejas, que mi tío político compró. Nunca supe a que se dedicaba ese señor, solo vi, que se vestía un poco raro, parecía como un indio, pero con ropas muy finas y caras, otro día lo observé a lo lejos, y como que, no le hacía mucho caso a mi tía, y ella estaba amargada por ello. Pues en esa ocasión, iban a ir a bailar, pero él nunca llego, o eso le dijo a mi tía, que tendría que viajar a Durango de negocios, pero o yo soy tonto o no sé, pero que yo sepa, Durango no se encuentra atrás del monte. A pero, como jamás faltó dinero en la casa, ella era feliz, y hasta se olvidaba de su familia, como yo. Siempre fui buen trabajador, si tomaba y salía con muchachas, como cualquier otro de mi edad, pero nunca llegué tarde, y creo que hasta por eso me dieron una bicicleta, para ir y venir más rápido por las tortillas y demás mandados. Y cuando hacían fiestas, yo iba a recoger, todos los encargos como las frutas y verduras, vinos y quesos, ésas cosas que jamás pude comprar. Pude escapar con el dinero y volver a mi ciudad, pero no lo hice, no se si por pendejo o por otra cosa, pero en realidad, no te mentiré, nunca pasó por mi mente hacer algo así. Para cuando volví, ya estaba todo listo, sólo me estaban esperando a mí,y me gané unos insultos y gritos, de toda la casa, mi tía, la sirvienta, la cocinera, y mi tío, porque, cuando yo apenas me bajaba de la bici, a lado mío venía entrando un señor, que se cargaba unas ropas muy refinadas, y en ése momento sentí, un mal presentimiento. Entré a la casa, y de inmediato, me reclamaron que porqué me tarde tanto, que para que me comprado la bici, que si no sabía usarla mejor se la diera a otra persona, y cosas por el estilo, ya me entenderás tu, como es ese tipo de personas, apenas tienen dos pesos más que uno y ya quieren abusar de ti en todo los aspectos. Para no hacerte el cuento más largo, me rebajaron mi sueldo, y me mandaron a dormir a unos corrales a lo lejos cerca de unos pequeños montes, -los mismos montes donde se la pasaba mi tío-. Tenía durmiendo en esos corrales como dos semanas cuando, mi tío entró y se sentó en la orilla de mi catre, me tocó una pierna y me levantó rápidamente, me asustó un poco, y cuando al fin estaba despierto por completo, me dijo que me tenía un trabajo especial, pero que no solamente era un trabajo para mí, ya que, fue ofrecido a todos los jóvenes que trabajaban en el rancho, que él mismo necesitaba a que fueran guapos y fornidos. Uno en su momento de recién levantado pues piensa mal, no lo harás ahorita, pero ojalá nunca olvides todo lo que te cuento, por qué no se cuando lo volveré a contar eh. Antes de seguir contándote, ten diez pesos, ve y compráte dos coca colas, que ya se me secó la garganta. -Apenas volví a sentarme, abrí las cocas, le pasé la suya a mi abuelo y continuo.
-Me contó, que sus ovejas, -el nuevo rebaño que había traído de no sé donde-, estaban apareciendo muertas, con mordidas en el cuello y en la panza. Yo suspiré de alivio, y le dije que no entendía cual era el punto de la ayuda, me golpeó la cabeza por haberlo interrumpido y me gritó que lo escuchará bien. En ese momento, pensé, tengo veinte y tu tienes cincuenta y cinco, desde hace un tiempo el que tiene más fuerza soy yo y no tú, la única diferencia entre tu yo, es la posición y el dinero que guardas en un cajón de tu cuarto. Si yo quisiera, voltearía esa circunstancia. Pero todavía no, la vida aún no forma otro ladrón. Bajé la mirada, y lo escuché detenidamente.
-Hay un gato montés. -Me lo confesó como si se tratara de otra cosa.
Me dijo de la bestia, que estaba acabando con todos los animales del rancho, con su cosecha, y que de repente, entraba a la cocina a asustar a las cocineras. Nadie quiere ir a trabajar ahora que el gato estaba rondando por el rancho. Me recalcó que era urgente, que alguien cazara al gato, porque la próxima semana, tendría una cena con otro señor ganadero, y que si todo saldría bien, forjarían un trato invaluable entre los dos negocios. Se levantó, tomó un poco de ropa que tenía colgada de un palo y me la arrojó, -anda ve y búscalo -me repitió eso, hasta que sin darme cuenta ya estaba en el monte, escondido en matorrales con un palo con punta filosa, entre varios jóvenes más. Seguíamos las pistas del gato, pero nunca hallábamos nada, nos poníamos de rodillas y a veces hasta nos arrastrábamos, regresábamos al rancho hambriados y con la ropa sucia o rota. A los pocos días decidimos no hacerlo más, aunque eso significara que no ganaríamos más dinero, y nos pusimos a trabajar en otras cosas que se habían descuidado mientras nos creíamos cazadores.
Los animales seguían apareciendo muertos, y mi tía ya ni salía de la casa, las cocineras faltaban mucho, y para colmo, ese animal pues no aparecía, me daba mucha risa, que a mí nunca me hizo nada, y eso que yo vivía en un corral sin puerta a plena luz de la noche en medio de dos montecitos.
La cena, llegó y con miedo y nerviosismo, se llevó a cabo todo y lo que mejor recuerdo fue que me dijeron yo debía de participar por ser familiar, y pensé: ahora sí soy familia, pero nadie me dijo nada cuando me cerraban la puerta en las narices. Todo iba bien, entre el señor y mi tío, ah pero, yo era un mesero más, y cuando se les ocurría era sobrino y me daba mucha tristeza estar en esa situación. A los cuantos minutos, el agua se terminó, y mi tía me mandó al pozo que se encontraba un poco separado de la casa, pero estaba justamente directo de la entrada. Ya iba a mitad del camino cuando, vi que mi tía me vigilaba para que no me fuera a ir a otro lado, yo sé, que no lo hacía para cuidarme del gato. Estaba subiendo el segundo bote de agua, cuando de repente se empezaron a oír muchos gritos.
-”¡Mátalo Ernesto!”, “¡Corre!”- “¡No! ¡Mejor mátalo! Di la espalda de donde venían los gritos, y vi al gato, en frente de mi, en una posición como si me fuera atacar, con el cuerpo un poco levantado listo para saltar hacía mi cuello. Pasaron muchas cosas por mi cabeza esa vez, pero en vez de atacarlo, terminé de rellenar los botes de agua, y caminé hacía la casa, todos me veían con enojo y resentimiento, por no haber atacado yo al gato. Me dijo mi tío, después de jalonearme hacía su cuarto, que estaba loco si pensaba que con esta actitud saldría de pobre, o que al menos, como pude regresar, pues ahora todos pensaban que era un cobarde por haberle dado la espalda al gato. Te perdiste de algo muy bueno Ernesto, cosas que gente como tú, jamás conseguirá. Eso me dijo, y lo golpeé sin pensarlo, en la nariz. Tomé mis cosas y me fui de ahí para nunca regresar a Zacatecas.
Omar me tocó el hombro para decirme que me acercara a donde estaban todos sentados, dijo, que tendríamos que ponernos de acuerdo para saber que acto haríamos en el intermedio de nuestro set. Nos gustaba mucho hacer eso, provocar un caos e inseguridad entre las personas que nos veían, queríamos darle un sentido más político e irracional a las canciones que tocábamos, como por ejemplo, arrojar cosas al público, cambiar de instrumentos, quitarnos la ropa, o hacer cualquier cosa que nos exponga ante los espectadores, siendo ellos parte de nuestras canciones. Por más extraño que parezca, cuando tocamos somos diferentes, a que cuando estamos juntos haciéndo otro tipo de cosas, era una amistad entre los cuatro que se mantenía unida por cosas que las que hacíamos en el escenario.
-Yo opino, que consigamos dos cosas: un proyector y la película de Holocausto Caníbal. -Habló Ulises, de una manera en la que parecía que contaba algo muy común, como ver una película, acompañado de palomitas o algún dulce.
-Eso no estaría mal. -lo acompañó Vicente, convencido realmente de que era una buena idea.
-Yo creo que sería mejor, improvisar esta vez, hagamos algo que todos queramos hacer sin que los demás sepamos, ¿qué les parece la idea? -Omar explicó su punto y todos acordamos que no era una mala idea en lo absoluto.
El camión se había estacionado, nos bajamos con un poco más de entusiasmo que con el que nos subimos, tomamos nuestras cosas y nos fuimos uno al lado del otro, a través del túnel que nos lleva hacía la entrada de la central camionera. Cuando al fin llegamos, acordamos en llamar a Topo, el que nos daría un lugar para alojarnos mientras tocáramos en la ciudad, todos buscamos su teléfono en nuestros bolsillos, y al ver que nadie lo encontraba, comenzamos a vacíar las maletas, en frente de todas las demás personas, provocámos muchas risas y comentarios entre los que nos vieron, pero la verdad, no nos importó. Omar lo encontró, anotado en un papel, doblado de una manera casi imposible de notar en algún otro lugar, y rápidamente, para no perder más tiempo, tomó una moneda suelta de su bolso, y se dirigió hacía el teléfono. Colgó y nos comentó que Topo ya venía por nosotros, y aprovechó también para ofrecernos un cigarro, todos aceptamos y después de orinar, salimos y prendimos cada quien un tabaco.
-¿Entonces, qué paso ayer? -cuestionó Omar, la única persona que nunca había hecho esa pregunta en todo el día.
-Tengo un vago recuerdo, de lo que pudo haber pasado, pero no estoy seguro, ¿qué nos habrá pasado? Para que no recordemos una noche completa, así ha de haber estado, no quiero ni saber, pero, bueno, si quisiera tener un poco de recuerdos ese día. -Vicente interrumpió lo que Omar estaba diciendo.
Al mismo tiempo que hablaba, se sobaba rápidamente la pierna, como si tuviera un poco de ardor. Pensé en hablar sobre ese tema, pero la verdad, no quiero, inmiscuirme en ésos asuntos, que puedan revivir lo que pudo haber pasado ese misterioso viernes en la noche.
Ulises se limitaba a sólo dar largas fumadas al cigarro, y nos veía callado, sólo movía los ojos, y en ocasiones se mordía las uñas, era muy fácil ver, como le faltaba un pedazo de cada dedo. Era un poco gracioso, pero a la vez inquietante.
Me di cuenta cuando ya teníamos, fácilmente unos veinte minutos, hablando y bromeando sobre el show, que recuperamos lo que con el amanecer se había esfumado, lo que nos mantenía unidos, por ya más de un año y medio, volvió en ese intervalo de tiempo en el que tranquilamente nos dimos el tiempo para hablarnos de nuevo. No quiero ni pensar, cual de nosotros, fue el que olía a vida loca o, como dijo el taxista, y al hacerlo, no me pregunto, quien estuvo con alguna mujer, sino, más bien, lo que rodea por mi cabeza, es: ¿Quién de nosotros tendrá chancro blando?
Tiramos la colilla y la pisamos, todos casi al mismo tiempo, y en ese exacto momento, Topo se encontraba tocando el claxon, listo para subirnos al carro y seguir con la trayectoria de Cabeza de Lobo. Su departamento, era de una manera un poco extraña, para subir, teníamos que trepar por unas escaleras de forma de caracol, y al llegar, soltamos las maletas en el piso y nos tiramos en la cama. Topo nos indicó que en su cuarto podíamos acostarnos un momento, para agarrar más aire. Yo fui el primero que le hizo caso, y pues de una manera accidental, descubrí el motivo del apodo de Topo, no me dio risa, tal vez, cuando venga de regreso en el camión soltaré una carcajada que bien pude soltar saliendo de su casa, pero, lo veo como una manera de agradecimiento, no burlarme de él, y aún así, considero como una hipocresía, el hecho de reírme en su ciudad. Esperaré a estar solo. Y a lo mejor, cuando llegue su momento ya ni risa me provocará.
-Son las cinco de la tarde, ¿están listos para ir a ensayar? -Nos gritó Topo, mientras bajaba las escaleras de una manera habilidosa.
-¡Tomás! ¡Tomás! -Me gritaba Vicente, y me enojé un poco por su gritos, que habían terminado con el seguir de una suave y cálida siesta que llevaba a cabo en la cama de Topo.
-Maldito,-mumuré y me puse de nuevo los tennis. Salí del cuarto y vi como todos ya tenían lista su cama, la cual de seguro no volveríamos a tocar, como la del motel donde nos quedamos. Saqué mi guitarra, le di un vistazo, solo para verificar que todo estuviera bien, y que no tendría la molestia, de encontrar sangre o condones, reminiscencias de la fiesta en la que fuimos participes. Todo bien, sólo me faltaba una cuerda, pero, ya era normal que siempre pasara eso.
Tomé una que tenía Topo en un cajón y me la guardé en el bolsillo, salí del cuarto fingiendo que había olvidado unas monedas. En la terraza del departamento, nos indicó que él no nos llevaría a donde ensayaríamos, sino que lo haría un primo suyo. Ya en el camino hacía ese lugar, Martín, como se llamaba él, nos comentó que cuando era más joven, también tenía una banda musical que llegó a ser muy popular en Monterrey, que hasta lograron salir en varias cádenas de televisión locales, pero que a fin de cuentas, un día embarazó a su novia, y sus prioridades tuvieron que cambiar, su banda ya no era la misma, pues como todos tenían que trabajar o estudiar, ya no tenían tanto tiempo para seguir juntos. Todos pensamos por dentro sus argumentos de por qué su banda dejó de existir, nos parecieron superficiales y tontos. Aún así, lo escuchamos, y hasta por un momento, lo entendímos, notamos su cara de tristeza, que estaba llena de una aflicción que era muy notorio que lo que estaba dañando mucho. Tal vez, recordar, cuando era él el que viajaba, el que ensayaba, que tenía que prepararse para el show de ése día, fue lo que lo puso en el estado de ánimo en el que se encontraba. Sentimos lástima por su persona, le agradecimos el favor que nos había hecho y nos alejamos todos del auto, mirándole su cara vieja y triste, no era nuestra intención verlo de esa manera, pero de alguna forma que no teníamos planeada, nos vimos proyectados en él. En su rostro cansado y arrugado.
Pasó como si nos hubieran dado un golpe en el estómago a los cuatro, antes de entrar al lugar de ensayo, tuvimos que quedarnos quietos, respirando, analizando y recapacitando el por qué de las cosas. Quisé ser yo el que abriera la puerta, ya que Omar estaba un poco absorto en sus pensamientos, y los demás pues no hacían nada sin que Omar o yo lo hiciéramos primero.
-Pues, pasemos, ¿No? -Dijo Vicente, con una voz que noté muy diferente en él.
-Ya estamos adentro, que están esperando ustedes dos. -Nos habló Ulises, a Omar y a mi, con un pie dentro del lugar y haciendo gestos para que empezáramos a caminar.
Hasta ese momento, en los años en que conozco a Ulises, jamás había notado las imperfecciones que tenía en la cara, no sé por qué, pero fue hasta ese momento con la luz de la entrada, dirigida exactamente hasta su cara, que vi lo cansado que se veía, y me sorprendió que aún así, el fue el primero que nos invitaba a pasar.
-¡Vamos ya! -Grito Vicente, desde el fondo, mientras buscaba unos enchufes para empezar a conectar su guitarra.
Omar se adelantó y pasó a lado mío, sin hablar, con su mochila y sus baquetas por un lado.
-Está bien, creo que sólo necesitaba tomar más aire.
Nos tardamos un poco en empezar a preparar los instrumentos, y en ese momento alguien tocó la puerta de la entrada, se abrió y un señor de edad muy avanzada entró y se sentó en una silla recargada contra la pared.
-Hola, continúen, espero no molestarlos, -hablaba mientras prendía un cigarro. Nos sorprendió su facilidad de hacer las cosas, cómo si fuera el dueño del lugar, a los pocos minutos, nos enteramos, que en efecto si era el dueño del lugar. Nos dijo que cuando supo el nombre de la banda, le llamó mucha la atención de vernos, pues, siempre los que iban a ensayar allí, tenían un nombre muy baboso, como nos dijo, y que el nuestro a parte de parecerle presumido y extraño. Le recordó algo que hacía mucho que no volvía a sentir.
No preguntó de dónde provenía el nombre, y sólo se limitó a escucharnos tocar.
A mitad del ensayo, se levantó, se paró en el marco de la puerta, y nos dijo, haciendo un gesto de aprobación, que no perdiéramos, ese sentimiento de juventud y rebeldía que tanto compartíamos los cuatro.
-Ése, es el secreto de todo músico, jamás pierdan y pongan atención, nunca pierdan, la energía del cuerpo y las ganas de hacer lo que hacen. Pues, si lo abandonan, dense por vencidos y mejor dediquense a otra cosa, que si les vaya a dejar dinero y después me cuentan. Pero una cosa si les digo, los mejores músicos, no ganan dinero, ni son famosos, no lo digo por mí, pero la experiencia y la edad me ha enseñado, que siempre es así. Mejor vivan y disfruten todo lo que hacen juntos, jóvenes punks.
En menos de dos horas, habíamos compartido comentarios y experiencias, con personas, más grandes que nosotros, que ya han estado en situaciones como la nuestra, y eso nos desesperanzaba un poco, nos ponía en un predicamento, en el cual no sabíamos que hacer. Éramos nuevos, en ésto de pensar a futuro, y eso me perturbaba un poco. No pudimos terminar de ensayar, y nos pusimos a guardar los instrumentos, sin decir ninguna palabra el uno al otro, y me di cuenta, que éramos débiles, para sobrevivir en éste mundo. Ya sea que nos hayamos dedicado a otra profesión u otro pasatiempo, nos bastaron dos comentarios apegados a la realidad para que nos pongamos a dudar de lo que amábamos.
-Entonces, pues vámonos yendo. -Dijo Omar al aire. Y le hicimos caso sin contestarle.
Tomamos un taxi, y como si fuera un acuerdo entre los cuatro, ninguno, abrió la boca en todo el camino. Sólo veíamos al taxista, impaciente de empezar a preguntarnos cosas, de decirnos lo que tenía en mente, de platicarnos sus aventuras sexuales con las mujeres que pedían viaje de noche, pero nada paso. Y llegamos de nuevo a casa de Topo, lo vimos desde el primer piso, se encontraba acompañado de otra persona, que me parecía un poco conocida, pero en ése momento no fui capaz de reconocerle. Recorrimos de nuevo la escalera y nos paramos a su lado, con un gesto de derrota que se podía notar fácilmente.
-Y ahora, ¿Pues qué les paso, canijos? -Oímos a lo lejos, y vimos que la pregunta venía de la boca de un rostro muy conocido para nosotros. Se trataba de Francisco, un antiguo amigo nuestro que también provenía de nuestra misma ciudad. Sólo que él era famoso por ser una persona solitaria, pero con excelente talento en diversos instrumentos. El rostro de Francisco, lleno de felicidad y tranquilidad, se quedó muy grabado en mi mente, acompañado de su figura delgada, cabello corto y liviano caminar. No parece que nada le molesté. No es una persona real.
-No se acuerdan de ayer, ¿verdad? -Observó los rostros de los cuatro, y continúo, moviendo la mirada hacía la pierna de Vicente, que se encontraba un poco doblada.
-Nadie se acuerda de nada.
-Pues miren, creo que yo tengo algo de culpa, lo siento, no sabía que ustedes no le entraban a nada ilegal. Me pasé un poco, con éso que les serví, y todos parecían un poco desesperados, además yo les dije, bueno eso creo, que si tomaban tan siquiera un poco, se pondrían un tanto mal. Ya cuando estaba entrada la noche, apenas saqué un cigarro y lo empecé a alterar para bajarles un poco lo loco, y se lo fumaron como si fuera la útima planta de marihuana en el mundo. Jamás los vi tan felices, cabrones, pero no debieron de tomar de mi champurrado especial. Saltaban y saltaban, bailaban y gritaban, andaban tras la misma mujer, la Nancy, creo que Tomás la asustó un poco y mejor se fue, antes de que abusaran de ella. No entiendo, como alguien se puede poner así, pero hicieron de la fiesta todo un aquelarre de talla mundial. Y de repente, así como así, se quedaron dormidos, hablaban en silencio del éxito que añoraban y pensaban que nadie los escucharía, pero todos los oímos.
-Y ahora, -continuó, -¿todavía te quieres salir de la banda Vicente? Esa noche te veías muy decidido a salirte y había convencido a Ulises de que también lo hiciera, me acuerdo muy bien que hablaban del tema, y recuerdo muy bien que empezaron a platicarlo con Tomás y Omar, pero la verdad ya no me quedé muy atento, y seguí con mis tratamientos especiales en otra habitación.
-No recuerdo nada de lo que hablas, Francisco -Contestó Vicente, molestó y confundido. Aún así, todo lo que nos contó era verdad, volteó a vernos con una expresión de susto y comenzó a resoplar, como si se sintiera culpable de algo. Sus palabras se ahogaban en su boca, y ninguna salía, no pudo dar una explicación. Caminó hacía atrás y señaló a Ulises, que era también parte de su plan de salida.
-Pero, no recuerdo nada, ni Ulises, todo fue parte del viaje que nos aventamos, no fue mi intención haberlo dicho. Pero ahora que lo mencionan y lo sacan a lúcir. Sí, si me quiero salir, no creo que tengamos futuro, yo quiero vivir plenamente, no se puede disfrutar la vida, leyéndo libros extraños y tocando una música que no pegaría. Lo siento, pero es lo que pienso, ahora.
-Yo también -Lo acompañó Ulises, -no exactamente con las palabras que Vicente usó, pero tengo una idea bastante parecida de lo que él quisó decir.
Topo y Francisco, un poco incómodos, se alejaron al otro extremo de la terraza y se pusieron a platicar, sabiendo que no eran parte mínima de lo que sucedía entre nosotros.
-No les voy a discutir -Dijo Omar,
-Ni yo, la verdad, entiendo que después de viajar, y de conocer y convivir, pues, lleguen a nuestras cabezas ideas como ésa.
-Lo siento mucho -Balbuceó Ulises, hacía sí mismo. De nuevos nos encontramos, en una situación en la cual dejando los juegos de prejuicos y juzgas, decidímos, antes que nada, apoyarnos, y pensamos que hacer lo correcto sería dar una gran presentación por última vez.
Bajamos todos, uno por uno, las escaleras de molde extraño, y nos dirigimos al auto de Topo, para que nos llevara hacía el bar donde daríamos nuestro show. Francisco, se nos unió y se ofreció en tomar fotos, para que así, quedará de alguna forma documentado el adiós de Cabeza de Lobo.
Los motores del auto se prendieron fuertemente, y emprendimos el camino, en ocasiones manteníamos pláticas con Francisco, de la noche anterior, y Vicente fue el más interesado, -creo yo-, que por obvias razones, pues nadie sabía aún el motivo de su herida.
-Yo recuerdo que entraste a la fiesta cojeando, la verdad nunca supimos, lo que te paso, entraste un poco borracho y violento, volteándo a ver todo a tu alrededor, gritaste unos insultos inentendibles y me pediste más hierba, pensé que la necesitabas más que yo, y cuando estaba a punto de armarte el gallo, te quedaste dormido en el sillón con todo y cheve entre las piernas y cigarro en la mano. No te preocupes me ha pasado. Ésas son las noches que más disfrutas, las que olvidas.
Nadie más de nosotros recordaba todo lo que Francisco nos contó, no entendíamos como una persona con tanto nivel de alcohol, podría servir también como un anecdotario viviente. Y es que lo contaba como si todo hubiera pasado quince minutos atrás, y mientras tanto, Topo se reía a carcajada suelta, que hasta hubo momentos que el auto se salía del carril. Cómo, si el auto se burlara igual.
Los minutos seguían pasando y nosotros, al llegar al bar de la presentación, empezamos a ordenar cervezas, -lo más rápido posible-, para evitarnos que llegaran nostalgias innecesarias. Ulises, fue el primero en perderse, y después Vicente, a quien veíamos, cortejar a toda mujer que se dejase.
Omar, sólo contemplaba las otras bandas y en ocasiones se iba hasta adelante, para poder apreciar mejor la música. Sólo lo vi tomarse dos cervezas. Pero, si lo noté un separado de mí.
-¿Entonces, es su último show? -Pregunta Francisco, con un cigarro y una cerveza en la mano.
-Si, tal vez lo sea.
-¿Y, que harás entonces? -Volvió a preguntar, bebiéndo al mismo tiempo del vaso.
-No lo sé, lo mejor que puedo hacer ahorita, es apreciar.
Se me que quedó viendo para después fingir ver a alguien conocido y terminó yéndose rápidamente, como si yo fuera cargador de una especie de mala suerte o algo así.
Cada vez, estabamos más cerca de subir al escenario, y más alejados de nosotros mismos. Aún no sabíamos como debíamos de empezar, o que canciones tocar primero, lo único que moraba nuestras cabezas era el pensamiento, de hacerlo, rápido y ya. Terminar con todo y volver, a nuestra ciudad y de nuevo encontrarnos sin saber que hacer.
Me acerqué con Omar, le pregunté que si nos deberíamos de estar preparando de una vez. Y me contestó, -entre risas maníacas-, que sí. Tenía la vista perdida y sus movimientos eran torpes, como si se encontrara bajo el efecto de algo.
-Háblales a todos, ¡vamos! ¡Vamos!
Busqué junto con Francisco, a Ulises y a Vicente, pues parecía que habían desaparecido del mapa, sólo veíamos a lo lejos, pequeños grupos de personas, de entre todas las edades, bebiendo, platicando, tomándose fotos, pero, en ninguno de aquellos grupos, podías encontrarlos. Al cabo de un rato, vi que mi compañero de búsqueda estaba en un rincón sentado, no mostraba signos de querer seguir buscando. No le reclamé y continué con lo que estaba haciendo, no pasaron ni cinco minutos y pude ver en la distancia, a un joven, un poco gordo, con una gorra, que caminaba cojeando, y a su lado venía otra persona, más alta, de pelo negro, y de piel más oscura. Se trataba de ellos dos.
Nos topamos en la entrada, y lo único que dijeron fue “perdón”, me comentaron que pasó por sus cabezas irse y no tocar esa noche, pues tenían miedo de saber que seguiría para ellos, después de terminar la noche.
-No importa, creo que Omar, optó por estar inconciente. Sólo toquemos y ya. Nos vamos. -Les dije, mientras bajamos unos escalones que nos llevaban a dónde se encontraban nuestras cosas.
Nunca había visto en ellos, o mejor dicho, nunca había habitado en mí, un ser crítico, que describiera con lujo de detalle, las condiciones que tenían mis amigos. A ninguno de ellos, los había visto con los ojos de decir: Vicente, es gordo, no tarda en seguir engordando, y además me da risa cómo se viste, parece muy falso, pensé: no es el primero en vestirse así, ni tampoco, será el último.
-¿Qué me ves?
-Nada.
Omar, estaba en un rincón, ajustando su set. Golpeando sus baquetas en sus piernas, imitando el ritmo de algo. Pues, parecía ser, que ya estabamos listos. Para subir, tocar e irnos.
Saqué la cabeza por la puerta lateral del escenario, que llevaba al cuarto en el que aguardábamos para subir, y ví que el lugar albergaba -al menos- un poco menos de cien personas, no era mucho, pero si eran bastantes para saber que era nuestro deber, tocar como nunca. Regresé la cabeza y les comenté eso.
Nadie dijo nada, y continuaron con lo suyo. Ulises, sacó su bajo, y pidió prestado un pañuelo o algo que pudiera limpiar la mancha roja que tenía en el clavijero, todos buscamos, pero nadie carga a nuestra edad, un pañuelo, a excepción de Vicente que pudo ver uno saliendo de la caja de su guitarra. Se lo entregó y mientras se sobaba la pierna, preguntó por que había una mancha roja en su instrumento. Ulises, pausó por un momento, y le contestó que se trataba de un limpiador especial que había dejado residuos, por un momento quisé creerle, pero mejor no di a conocer mi punto de vista sobre esa situación y me dispuse a sentarme, prender un cigarro y esperar.
Retomé en la cabeza una historia de mi abuelo, que me contó en el hospital una vez, antes de que perdiera las piernas.
-Yo era, un cabrón, ¿si me entiendes no? A los veintialgo me destrampé, ya ni recuerdo que tanta loquera armaba, pero por todo me peleaba, por una mujer, por una novia, por una cerveza, para todo levantaba las manos y abría a golpes los hocicos de quien se interviniera en mi vida. Vivía de nuevo en mi casa, pero nunca estaba ahí, “siempre de loco”, como decía mi madre. Nunca le hice caso, no le veía razón, de echo, yo no pensaba que yo hacía algo malo. Sólo estaba viviendo mi juventud, y era nada más lo que quería hacer. Un día me levanté y me dí cuenta, que pues, ya no tenía más hocicos que romper o corazones que robar, de repente lo que mi madre me decía, comenzó a tener completamente todo sentido. Y pues así fue, me rendí ante la vida y dejé de vivirla al máximo. Busqué trabajo, dónde conocí a tu abuela, de allí salió tu papá y tus tíos. Pero, no solamente, gané eso, gané nietos y otras familias que te enseñan a seguir con lo que quieres, pero desde otro punto de vista. Hasta que, un día te levantas, caminas, hasta la esquina, un bicicletero te pasa por las piernas y a tu vieja edad no queda más que amputarlas. ¿Entiendes lo qué digo? ¿Perderías las piernas por una buena vida? O seguirías hasta el final, en el hoyo, pero con tus piernas intactas.
De pronto, ya estabamos arriba del escenario, preparándo las cosas que necesitaban estar listas, voltée a ver a Ulises, nervioso, tembloroso, de no ser por su estatura, hubiera parecido una hormiga recién aplastada. No pidió ayuda para nada, lo cual era un poco extraño, lo único que me pareció un poco extraño, fue que pareció que estaba rezando, nunca había visto a uno de nosotros hacerlo, ni siquiera sabía que podías rezar en público.
Omar me habló y me comentó que no preparó nada, que sólo tocáramos y ya, sin nada especial. Asentí con la cabeza y me hizo darme cuenta que lo que hacíamos era completamente estúpido.
La música del bar se apagó, como señal de inicio para nosotros al igual que pasaba con las luces, pues centraban su brillo en nuestra posición. Vicente tomó el micrófono:
-Nosotros somos Botellita de Jérez. -Lo dijo en un tono sarcástico, que provocó las risas en una mesa llena de señores maduros. Y así comenzó con el primer riff.
El intro, el cual habíamos preparado, funcionaba de una manera poderosa, lentamente empezaba a sentir más caliente la sangre en mi cabeza, en mis piernas, en mis brazos, en mis ojos, era casí imposible observar el rostro de los presentes por los flashes de las camáras, pero tenía una idea de como pudieron ser, era un momento muy extraño, de pronto nos convertíamos en algo que no éramos en otro lado, mi mirada se topó con el cuerpo de Ulises, que se veía completamente extasiado, dando vueltas aparatosas, apretando fuertemente su instrumento, golpeando su pie violentamente contra el piso. Yo me encontraba en el centro, y a mi izquierda estaba Vicente, recargado sobre un amplificador, con la cara inexpresiva, esperé que al terminar el intro no la tuviera y pudiera cambiar de actitud. A mis espaldas estaba Omar, pero de él, no me preocupaba, siempre sentía en mi espalda los fuertes remates que impregnaba a las canciones y que a parte en ocasiones lograba escuchar, como cantaba las canciones a pesar de que no tenía que hacerlo.
Al comienzo de la segunda canción, era notable el aumento de las personas al frente del escenario, los cuerpos de unos chocaban con el inicio de la tárima, era muy estimulante ver todo ése tipo de respuesta en eventos así, me acerqué un poco más mientras cantaba, colocando mi boca en el micrófono y a veces de reojo, observaba como Ulises, continuaba con sus movimientos irregulares, agitando su cabeza, para dejarla colgando de lado, pues como todos nosotros, se movía al compás exacto de la música, entre todas las notas y letras, lo sentíamos y todos éramos una sola cabeza.
Vicente, ya se había levantado, tenía un pie colocado en un poste horizontal que pretendía separar la gente de la banda, pero al contrario, lo hacía como un puente entre los dos. Gritaba con su cabeza empapada de sudor, dirigiéndose hacía la gente que lo seguía con las manos levantadas, unos con los puños cerrados y otros con su dedo índice señalando hacía el techo. No cabía duda que sería el mejor show que pudimos haber tenido. Levanté un poco más mi guitarra y como un impulso eléctrico, di un golpe con el pie al stand del micrófono, que cayó en la gente, que peleaba por tomarlo y cantar, en ése momento, yo lo dejé de hacer, no podría haber disfrutado si no lo hiciera. La gente se amontonó, con las ganas de apoderarse de él y se empezaron a trepar entre ellos, lo cual nos provocaba una sensación de libertad y poder tremendo. Omar arrojó su playera, y comenzó a también provocar litros de sudor que volaban al ritmo de la batería, al igual que nosotros, el sudor salta muy rápidamente, y era sin ser a propósito, otra unión entre el público y la banda.
Después de unos minutos, y de las canciones que tocamos, las piernas se te hacen pesadas, como si te colgaran unas pesas conforme avanza el set, y es todo un placer, vencer y romper ése peso, que con la estruendosidad que logras invocar, es posible de hacer. Ya no sentía casi nada del cuerpo, sólo me dejaba llevar, por la música que salía de un extraño aparato en medio de mis hombros, pero que realmente lo sentías desde más adentro, desde un hoyo interior, que sólo se abre cuando estás ante un escenario rodeado de gente chocando entre sí, y que más atrás de ella, existe un grupo de personas, que se golpea y que en ocasiones comparte un baile, que es en sí, creado por ti. Creo que había entendido, de una manera maravillosa, lo que es el poder de la música.
Ulises, dejó su bajo a un lado y voló hacía el público, como una gota de sudor más, fue casi imposible ver donde había terminado su caída, pero pude ver como un barco que se hunde, sus tennis filtrándose entre la multitud, que no hacía más que elevarlo, evitando que se hunda por completo. Vicente al ver que lo que pasó, trató de imitarlo, pero supongo que, éso hubiera roto el balance, que por quince minutos habíamos mantenido con un esfuerzo tan fluido. Por lo que lo único que hizo, fue tomó agua, la mantuvo en la boca, por unos segundos y cuándo sintió que era momento, la soltó hacía el aire, llenándose de pequeñas gotas, inmediatamente pensé, que ese acto, fue lo más osado, que vi de su parte en mucho tiempo, y a la vez, fue un acto liberador, que lo único que hacía era mantener entre llamas los últimos momentos que compartiríamos como banda. Los gritos de Omar, mantenían una perfecta sintonía con lo que yo debí de estar cantando, pero a ninguno de los dos nos importó que no lo estuviera haciendo, pues era como emular un canto final de un cisne, sin el canto, para sólo ver la muerte.
De pronto ya llegándo al final de una de las canciones, Topo, con una cerveza en la mano, alcanza el poste que dividía el escenario, y se asoma de entre la multitud, para brincar y subirse, ya arriba, hace que Ulises alcance su mano y lo impulsa de nuevo hacía nosotros, para que no dejara de tocar, ya una vez a lado mío, busco lo que sostenía el micrófono, y lo colocó de nuevo, entre los dos, y sin soltar el vaso de cerveza, empezó a cantar, interrumpiendo a veces, para darle un trago a su vaso, el cual se encontraba desparramado por el piso. Creo que por un momento, después de éso, vi las piernas de mi abuelo, moverse entre las manos de los presentes, no sé por qué, pero no era algo que me sorprendió.
En los últimos treinta segundos, nos concentramos en tocar mejor, y nuestras miradas chocaron en mí, el tiempo corrió lentamente, para que no olvidáramos, lo que provocamos. Topo irrumpió pero a la vez, intensificó el momento al empezar a golpear los platillos de batería con sus manos, y me di cuenta, que su acto era lo mejor que un músico podría hacer y lo hizo hasta que terminanos de tocar. La fiesta de vida, había terminado para nosotros, y era momento de abrir los ojos, y enfrentarnos al vacío que se producía después de una presentación, la cual era la última.
Sólo al final, aquella mesa de adultos mayores, aplaudía con mucha fuerza, se encontraban de pie, chiflando y agitando sus vasos de un lado a otro, y desde ahí, dejé de temer por empezar a ser viejo. Les dijimos gracias con las manos y nos metimos de nuevo al cuarto dónde guardamos los estuches y las mochilas.
No hablámos nada al respecto, pero todos supimos que nunca viviríamos como lo habíamos hecho por alrededor de treinta minutos. Pensamos que nadie tenía más que decir, y le agradecimos a Topo, lo que hizo por nosotros. Él nos contestó ofreciéndonos un toque de mariguana, pero todos negamos su gesto y partimos, para tomar el camión de regreso -antes de tiempo-, dónde observaríamos, por última vez, al desierto, y todo su esplendor vacío y olvidado, lleno de muerte y carencia, pero, la única diferencia, sería que viajaríamos de noche, por lo que no veríamos nada, pero sentimos por dentro, que existe vida aún en dónde habíta el olvido y recordé, después de pensarlo, en mi temor que sufrí al iniciar el día, pero me acordé también de mi abuelo y sonreí, pues, aprendí que olvidar es imposible.




